
Si la tierra estuviera a punto de estallar en millones de pedazos habría que meter a los funambulistas y a los trapecistas en una nave espacial. Me preocupa. Todos pensarían en salvar a los científicos, escritores, médicos y artistas reconocidos. Pero, ¿quién se acordaría de los soñadores mayúsculos? Hay sueños inmensos, sueños centrífugos que arrastran tras de sí a quienes encuentran a su paso. Borran la palabra "imposible" y escriben sobre el vacío frases mucho más prometedoras.
Si alguien duda de la necesidad de salvar a los funambulistas, debería echar un vistazo a las hazañas de Philippe Petit antes de dictar sentencia. Debería escuchar a una compañera de viaje que treinta años después sigue mirando al cielo cuando le recuerda. Debería escuchar a los amigos, medio locos, medio intrépidos, de alguien que caminó sobre un cable entre las torres más altas del mundo de aquel entonces.
Seguramente quienes estuvieron allí no tendrían la menor duda. Sólo un paso para cambiar una vida. Un paso del todo a la nada y, ¡voilá!, allí está, caminando el cielo con una sonrisa a prueba de vientos hostiles, recostado sobre un pedazo de nada para dibujar una línea horizontal sobre un cielo demasiado acostumbrado a la verticalidad. ¡Qué maravilla!
(Gracias a los que me habéis recomendado 'Man on wire', y, por supuesto, gracias a Kiko y Lola por la fideuá)






